Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Mi tío también había comprometido parte de las suyas.

Si la nueva fábrica fracasaba, ambos perderían muchísimo.

Y yo podría recuperar Laboratorios Salgado.

Mis suegros aparecieron en el hotel esa tarde.

Doña Elena lloraba.

—¿Por qué cremastes a mi hijo tan rápido? ¿Qué tienes que esconder?

—Si cree que lo maté, denúncieme.

Octavio me observó con una frialdad inquietante.

—¿Dónde estabas cuando murió?

—En una farmacia.

—Qué casualidad.

Saqué de mi bolso una pequeña caja.

—Fui a comprar vitaminas prenatales.

Ambos se quedaron congelados.

Me llevé una mano al abdomen.

—Estoy embarazada.

La expresión de mi suegro cambió de inmediato.

No era alegría.

Era miedo.

Dos días después organizaron el funeral de Mauricio.

Renata llegó vestida de negro, con Mateo de la mano, como si fuera la viuda oficial.

Yo aparecí acompañada por seis guardaespaldas.

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