Todo estaba en su sitio.
Nadie había entrado sin permiso.
Nadie había abierto sus clósets.
Nadie había tomado la ropa de Nicolás.
Nadie había decidido que alguna cosa “le hacía más falta” a otra persona.
A Daniela le sorprendió lo profundamente que podía emocionarla algo tan simple como llegar a casa y encontrarla exactamente como la había dejado.
Rodrigo, el vecino de enfrente, siguió pendiente de ella y de Nicolás.
Al principio sólo se saludaban.
Después comenzaron a tomar café.
Rodrigo vivía con su madre, una mujer viuda que llevaba años batallando con problemas de movilidad, así que sabía perfectamente lo que significaba cuidar de una persona mayor.
Nunca trató de convertirse en salvador de Daniela.
Eso fue precisamente lo que más le gustó de él.
Cuando ella necesitaba ayuda, preguntaba antes de intervenir.