Meses después consiguieron un departamento modesto que podían pagar por sí mismos.
Daniela encontró irónico que lo que durante años habían considerado imposible comenzara a resolverse cuando dejaron de contar con propiedades ajenas.
La relación entre Mauricio y Nicolás continuó.
Daniela nunca utilizó al niño como castigo.
Mauricio podía verlo según los acuerdos establecidos y con el tiempo pareció convertirse en un padre más atento.
Tal vez perder su matrimonio lo obligó a comprender algo que Daniela había intentado explicarle durante años.
Ser buen hijo no significaba obedecer ciegamente a la madre.
Y ser hermano no significaba sacrificar a la esposa para resolver los problemas de la hermana.
Unos meses después de la separación, la pierna de Daniela se recuperó por completo.
El primer día que volvió caminando sola del trabajo entró al departamento, dejó el bolso sobre una silla y se quedó en medio de la sala.