Mateo volteó hacia los tres niños.
El mayor estaba sentado en el piso.
Los otros dos jugaban cerca de él.
Eran pequeños, pero ya tenían una rutina propia.
Había objetos sencillos alrededor de ellos.
Una herramienta infantil.
Una cobija.
Algunos juguetes gastados.
Nada parecía pertenecer a la vida de lujo que Mateo llevaba en la Ciudad de México.
Y, sin embargo, aquella casa contenía
algo que su penthouse no tenía.
Una vida que había continuado sin él.
Mateo se agachó lentamente.
El niño que lo había llamado papá levantó la mirada.
—¿Tú eres mi papá?
La pregunta no tenía acusación.
Eso hizo que fuera todavía más difícil responder.
Mateo tragó saliva.
—Sí.
El pequeño lo observó durante unos segundos.
Después señaló su propia ceja.
—Tienes una igual.
Mateo se tocó la cicatriz.