Pero el propietario había tomado una decisión.
Con la ayuda de Ricardo y de la notaria se preparó un acuerdo condicionado a que el dinero fuera transferido al día siguiente. La escritura definitiva quedaría pendiente hasta comprobar el pago.
Firmamos a las cuatro de la tarde.
Cuando sostuve la pluma, mis manos comenzaron a temblar.
Había imaginado aquel momento cientos de veces.
Nunca pensé que llegaría después de descubrir que mi propia familia había intentado destruirme.
Doña Elvira permanecía cerca de la ventana.
Antes de marcharse me llamó.
—Mariana, ¿puedes perdonarme?
La miré.
Por primera vez no vi a una mujer arrogante, sino a alguien cansado de sus propias mentiras.
—No retiraré mi denuncia —respondí.
—Lo sé.
—Y no voy a olvidar lo que hizo.
Asintió lentamente.
—No he venido a pedir que me salves. He venido porque quería hacer algo correcto, aunque fuera demasiado tarde.