Conservé la campana de cristal en la entrada de la nueva escuela.
Debajo ya no había cabello.
Solamente una aguja de trabajo y un carrete de hilo rojo.
Cuando las alumnas preguntaban qué significaban, yo les respondía:
—Hay personas capaces de robarte el dinero, las oportunidades e incluso aquello que guardas como un tesoro. Pero nunca podrán robarte lo que sabes construir con tus propias manos.
Y cada vez que recuerdo a Diego abrazando a mi suegra en aquel banco, comprendo que perder a ciertas personas también puede ser una forma de recuperar la libertad.
Porque la familia no debería ser el lugar donde tienes que defenderte de una traición.
Debería ser el lugar donde puedes sentirte a salvo.
Y si alguien utiliza el amor que le tienes para justificar una injusticia, ¿hasta dónde estarías dispuesto a perdonar sin traicionarte a ti mismo?