5. Fui al banco a sacar 11 millones 600 mil pesos para comprar el edificio de mis sueños, pero mi esposo ya estaba allí con mi suegra disfrazada de mí, usando mi cabello y mi identificación robada. “Solo falta decir la contraseña”, le susurró él. Me coloqué tranquilamente detrás de ambos. Cuando escuché aquella palabra que inventamos el día que nos casamos, entendí hasta dónde llegaba su traición…

Lucía trabajó cuidadosamente para adaptar aquel cabello a una peluca destinada a Sofía, una niña de doce años que estaba recuperándose de un tratamiento médico y soñaba con participar en la obra escolar de La Cenicienta.

El día que inauguramos los nuevos talleres, Sofía llegó acompañada de su mamá.

Lucía le colocó la peluca frente a un espejo enorme.

La niña contempló los mechones castaños, las puntas cobrizas y la pequeña flor roja escondida bajo el forro.

Después sonrió.

—Mamá, ¡ahora sí voy a parecer una princesa!

Su madre comenzó a llorar.

Yo también.

En aquel instante comprendí algo que ningún dinero podía enseñarme.

La trenza que una vez representó mis sacrificios había sido utilizada para engañarme y robarme.

Pero ahora estaba ayudando a una niña a recuperar su sonrisa.

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