Lucía trabajó cuidadosamente para adaptar aquel cabello a una peluca destinada a Sofía, una niña de doce años que estaba recuperándose de un tratamiento médico y soñaba con participar en la obra escolar de La Cenicienta.
El día que inauguramos los nuevos talleres, Sofía llegó acompañada de su mamá.
Lucía le colocó la peluca frente a un espejo enorme.
La niña contempló los mechones castaños, las puntas cobrizas y la pequeña flor roja escondida bajo el forro.
Después sonrió.
—Mamá, ¡ahora sí voy a parecer una princesa!
Su madre comenzó a llorar.
Yo también.
En aquel instante comprendí algo que ningún dinero podía enseñarme.
La trenza que una vez representó mis sacrificios había sido utilizada para engañarme y robarme.
Pero ahora estaba ayudando a una niña a recuperar su sonrisa.