También cambié la contraseña de seguridad que Diego conocía.
Él se molestó cuando se lo conté.
—¿No crees que estás exagerando?
—No. Tengo demasiado dinero comprometido en la compra del edificio.
Dos días después, don Salvador, propietario del inmueble, me llamó desesperado.
Su hija necesitaba que viajara urgentemente a Monterrey.
—Mariana, tenemos que adelantar la firma. Hoy a las tres. Si no puedes concretar el pago, venderé a la otra interesada.
Miré el reloj.
Eran las once y media.
Llamé al taller para cancelar mis citas y salí hacia el banco.
Al llegar, don Vicente, el vigilante que me conocía desde hacía años, me miró como si hubiera visto un fantasma.
—Señora Mariana… ¿No acaba usted de entrar?
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo dice?
—Hace como veinte minutos. Venía del brazo de su esposo. Traía un abrigo beige, igualito al suyo.