Entonces los escuché hablar.
—Mamá, vámonos —suplicó Diego—. Ya falló el intento en la otra sucursal.
—¡Cállate! —susurró ella—. Aquí está abierta la cuenta. La vamos a vaciar.
—¿Y si Mariana se entera?
—Está trabajando. Para cuando regrese, el dinero estará fuera y ese edificio será de Inés.
Sentí que las piernas me temblaban.
No solamente pretendían quitarme mis ahorros.
También querían entregárselos a mi peor enemiga.
Corrí discretamente a buscar a la gerente.
Cuando le expliqué lo que estaba ocurriendo, revisó la computadora y palideció.
—Señora Mariana, alguien intentó retirar sus once millones seiscientos mil pesos esta mañana con una identificación reportada. Sus cuentas ya están bloqueadas.
—Necesito ese dinero antes de las tres.
—La investigación puede tardar varios días.
Miré nuevamente hacia la fila.
Mi suegra estaba acercándose a la ventanilla.
La gerente llamó inmediatamente a seguridad, pero yo le pedí algo más.