—No los detengan todavía. Necesito que quede registrado lo que intentan hacer.
Regresé al área de clientes.
Me coloqué justo detrás de Diego y de aquella mujer disfrazada de mí.
Ninguno notó mi presencia.
Entonces escuché a la empleada preguntar:
—Señora, ¿cuál es su palabra de seguridad?
Mi suegra sonrió bajo el maquillaje.
—Jardín de manzanos.
Era la contraseña que Diego y yo habíamos inventado cuando recién nos casamos.
Y antes de que la cajera respondiera, apoyé mi identificación vigente sobre el mostrador y dije:
—Esa contraseña ya no existe. Pero yo sí. Y quisiera saber por qué mi marido está intentando robarme junto con su madre.
PARTE 3
Diego se volvió tan bruscamente que casi tiró el dispensador de folletos.
Su rostro perdió todo color.
—Mariana… ¿Qué haces aquí?
Lo miré a los ojos.
—La pregunta es qué haces tú aquí, abrazando a una mujer que lleva mi cabello.