5. Vi a mi suegra cerrar la ventilación de mi bodega y abrir el gas, pero no la enfrenté. A la mañana siguiente, mi esposo preguntó: “¿Ya sacaste el vino que te pedí?”. Le dije tranquilamente que estaba cansada y le puse la llave en la mano. Después de la explosión, mi suegra corrió llorando hacia los policías… hasta que me vio aparecer y soltó una frase aterradora.

Después del entierro, regresé al trabajo.

Ahí encontré la segunda tragedia: durante tres años, Alejandro había usado proveedores fantasma, facturas infladas y compras inexistentes para sacar treinta y ocho millones de pesos de la empresa.

Mi encargado de sistemas, Raúl, había conservado respaldos de una computadora que Alejandro le ordenó formatear varias veces.

Entre correos, transferencias y conversaciones aparecieron dos departamentos de lujo en Tijuana, comprados con recursos de la vinícola y registrados a nombre de Claudia.

Leí los mensajes entre ellos una madrugada, sola en una habitación de hotel:

«La vieja de mi mamá cree que Mariana nos mira por encima del hombro», escribió Alejandro.

«¿Y si descubre lo del dinero?», preguntó Claudia.

«No va a alcanzar a descubrirlo. Ya está preparado lo de la bodega. Después del seguro, tú y el niño van a vivir como reyes».

Tuve que cerrar la computadora. La náusea me dobló sobre el lavabo.

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