Después del entierro, regresé al trabajo.
Ahí encontré la segunda tragedia: durante tres años, Alejandro había usado proveedores fantasma, facturas infladas y compras inexistentes para sacar treinta y ocho millones de pesos de la empresa.
Mi encargado de sistemas, Raúl, había conservado respaldos de una computadora que Alejandro le ordenó formatear varias veces.
Entre correos, transferencias y conversaciones aparecieron dos departamentos de lujo en Tijuana, comprados con recursos de la vinícola y registrados a nombre de Claudia.
Leí los mensajes entre ellos una madrugada, sola en una habitación de hotel:
«La vieja de mi mamá cree que Mariana nos mira por encima del hombro», escribió Alejandro.
«¿Y si descubre lo del dinero?», preguntó Claudia.
«No va a alcanzar a descubrirlo. Ya está preparado lo de la bodega. Después del seguro, tú y el niño van a vivir como reyes».
Tuve que cerrar la computadora. La náusea me dobló sobre el lavabo.