Lo que más me dolía no era que hubiera dejado de amarme. Era comprender que, mientras yo le preparaba café y le contaba mis miedos, él llevaba meses calculando cuánto valía mi muerte.
Llamé a mi abogada, Lucía Herrera, y contratamos una auditoría independiente.
Presentamos denuncias por las operaciones fraudulentas y solicitamos medidas para impedir que desaparecieran los bienes presuntamente adquiridos con el dinero de la compañía.
Hubo peritajes y recursos, pero las cuentas contaban una historia imposible de desmentir.
La familia de ella reaccionó con furia.
Su madre, Rosa, llegó a mi oficina acompañada por su hijo Iván. Traían copias de unas escrituras y exigían que retirara cualquier reclamación.
—Mi hija recibió esos departamentos porque ese hombre la amaba —gritó Rosa—. ¡Tú ya tienes suficiente dinero!
—Los compró con dinero que no era suyo —respondí—. Que estén a nombre de Claudia no borra las transferencias.