Además, había agregado por su cuenta centros de mesa importados, botellas extra y un servicio privado de mariachi. Esos cambios habían llevado la cuenta a $286,400.
Cuando le reenvié el documento a Rodrigo tardó media hora en responder.
“No sabía que mi mamá había firmado eso.”
Por primera vez le creí.
Pero no lo absolví.
Porque sí sabía que estaba usando nuestra cuenta sin permiso. Sí sabía que planeaban sacar otros trescientos mil pesos. Sí sabía que me había mentido.
Ese mismo día Yolanda me mandó un audio.
—Daniela, esto ya se salió de control. Yo pensé que Rodrigo podía pagar. Él siempre me dijo que ustedes estaban muy bien. Si haces esto más grande, vas a destruir a la familia.
La familia.
Esa palabra aparecía siempre que alguien necesitaba que yo pagara las consecuencias de decisiones ajenas.
No respondí.
Dos días después Rodrigo me pidió vernos en una cafetería para hablar de sus cosas y del dinero.
Llegó solo.
Parecía haber envejecido en cuarenta y ocho horas.
—Vendí la moto —me dijo—. Me dieron noventa mil. Mi mamá empeñó unas cadenas y unos aretes. Brenda prestó veinte. Yo puse lo que tenía en mi nómina.
—¿Y el resto?
—Firmé un convenio con el restaurante. Lo pagaré en seis meses.