Pero seguía siendo él. Seguía siendo, sin lugar a dudas, Jeffrey.
Sus ojos encontraron los míos.
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“Ruthie.”
Se me cerró la garganta.
Entonces vi la silla
Había algo sentado en la silla junto a su cama.
Y en el instante en que vi lo que era, dejé de respirar.
Pero ya llegaré a eso.
Cómo empezó todo, a los diecisiete años.
Jeffrey y yo nos hicimos mejores amigos el otoño en que cursábamos el penúltimo año en la escuela secundaria Kennett, en un pueblo del sur de Pensilvania donde nunca pasaba nada y todo el mundo conocía los asuntos de los demás.