—Con esto ya no pueden argumentar que fue una emergencia aislada —dijo—. Existe un patrón.
También me pidió algo difícil: no exagerar, no insultarlos y no intentar vengarme.
—El centro del caso tiene que ser Mateo. No los romances.
Tenía razón.
El problema no era que Alejandro y Daniela hubieran destruido su matrimonio.
El problema era que habían utilizado a su hijo como si fuera una maleta que podían dejar en algún rincón mientras vivían otra vida.
La Procuraduría de Protección intervino y se solicitaron medidas provisionales para que Mateo permaneciera conmigo mientras se investigaba la situación.
La escuela recibió instrucciones claras: si alguno de sus padres aparecía sin autorización dentro del procedimiento, debía contactar inmediatamente a las autoridades.
Por primera vez desde aquella noche sentí que la puerta que protegía a Mateo ya no estaba sostenida solamente por mis manos.