Callaron.
Alejandro me miró.
—Mamá, yo estaba muy presionado. En el trabajo me exigían demasiado. Daniela y yo peleábamos todos los días. Necesitaba escapar.
Daniela empezó a llorar.
—Yo me sentía invisible. Solo era esposa y mamá. Quería sentir que todavía tenía una vida.
—Pueden divorciarse —respondí—. Pueden cambiar de empleo. Pueden terminar una relación. Pueden pedir ayuda. Lo que no pueden hacer es obligar a un niño de siete años a pagar el precio de sus frustraciones.
Empujé hacia ellos una copia del reporte médico.
—Mateo llegó a mi casa con fiebre alta después de caminar solo bajo una tormenta.
Luego coloqué los reportes escolares.
—Llegaba cansado y con hambre.
Finalmente puse los movimientos bancarios.
—Y mientras él aprendía a vivir con doscientos pesos, ustedes gastaban el dinero que llevaba años ahorrándose para su futuro.