—Es tuyo —dijo ella—. Siempre lo ha sido.
Me senté con las manos temblorosas.
Por primera vez desde que había entrado en la iglesia, dejé de pensar en el vestido.
Dejé de preguntarme si mis zapatos parecían demasiado gastados o si los invitados estaban comparando mi ropa con la de las demás mujeres.
Solo pensé
en mi hijo.
En la vida que había construido.
En la mujer maravillosa que había elegido para compartirla.
Y en lo extraño que era descubrir, tantos años después, que un gesto pequeño podía viajar más lejos de lo que una persona imaginaba.
La ceremonia continuó unos minutos después.
Cuando el sacerdote les pidió a Marco y Lara que intercambiaran sus votos, ambos tenían los ojos enrojecidos.
Marco tomó las manos de su futura esposa.