Su rostro cambió inmediatamente.
La carpeta resbaló de sus dedos y cayó al suelo.
—Dios mío… —murmuró.
Miró a la desconocida, después me miró a mí y finalmente volvió a mirarla.
—Mamá.
La palabra me atravesó el pecho.
Me
giré lentamente hacia él.
—¿Qué has dicho?
Daniel no respondió.
Se agachó para recoger la carpeta, pero sus manos temblaban tanto que dejó caer varios documentos.
—Daniel —insistí—. ¿Por qué la has llamado mamá?
Mi hermano tragó saliva.
—Mara, tenemos que entrar.
—No. Vas a explicarme ahora mismo qué está pasando.
La mujer dio un pequeño paso hacia atrás.
—No quería que lo descubrieras así.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Llegué esta tarde.
—¿Y Frank te dejó venir?
Ella lo miró con tristeza.
—Frank ya no podía detenerme.
Aquella respuesta hizo que Daniel palideciera todavía más.