Ella miró por encima de mi hombro, hacia el interior de la casa.
—Frank te quiso más que a su propia vida. Nunca debes dudar de eso.
—Entonces, ¿por qué me ocultaría que mi madre estaba
viva?
La mujer tardó varios segundos en responder.
—Porque tu padre tenía miedo de lo que ocurriría si descubrías la verdad.
Sentí un escalofrío.
—¿Miedo de quién?
Antes de que pudiera contestar, escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
Los faros iluminaron el jardín y después se apagaron.
Era mi hermano Daniel.
Había venido todas las noches desde la muerte de Frank para ayudarme con los documentos de la herencia. Sin embargo, aquella noche su llegada no me produjo el alivio habitual.
Daniel bajó del automóvil con su abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo. Caminó hacia el porche, pero se detuvo en seco cuando vio a la mujer.