Rodrigo cambió el tono.
—Dany, perdón. Me equivoqué. Pero ayúdame con el restaurante. Firmé una promesa de pago.
—Lo sé.
Le mostré la hoja.
Su expresión cambió.
—Eso no debió llegar aquí.
—Pusiste mi nombre como contacto alterno.
—Solo para que nos dejaran salir.
—¿Y también dijiste que tenías recursos familiares suficientes?
—Era una formalidad.
—Era otra vez usarme sin preguntarme.
Yolanda cruzó los brazos.
—Yo tengo unas joyas. Mañana las empeño y pagamos una parte. Tú completa lo demás y se acaba el problema.
—No.
—¿Ni siquiera para evitar que tu marido se meta en problemas?
—Mi marido se metió solo.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Entonces dame lo que yo puse en esa cuenta.
—Se revisará legalmente. No esta noche y no bajo amenazas.
Se fueron sin golpes ni patrullas. Solo escuché a Yolanda decir antes de entrar al elevador: