Celebraron como millonarios con el dinero que yo había ahorrado durante cinco años, pero al llegar la cuenta de $286,400 todas las tarjetas fueron rechazadas. Mi esposo suplicó: “No me hagas esto delante de mi familia”. Yo cerré la última caja y contesté: “Sigan festejando, ahora les toca resolverlo”. Lo que ninguno sabía era que yo ya había encontrado pruebas de para qué querían sacar otros $300,000.

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—Daniela, esto ya se salió de control. Yo pensé que Rodrigo podía pagar. Él siempre me dijo que ustedes estaban muy bien. Si haces esto más grande, vas a destruir a la  familia.

La familia.

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Esa palabra aparecía siempre que alguien necesitaba que yo pagara las consecuencias de decisiones ajenas.

No respondí.

Dos días después Rodrigo me pidió vernos en una cafetería para hablar de sus cosas y del dinero.

Llegó solo.

Parecía haber envejecido en cuarenta y ocho horas.

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—Vendí la moto —me dijo—. Me dieron noventa mil. Mi mamá empeñó unas cadenas y unos aretes. Brenda prestó veinte. Yo puse lo que tenía en mi nómina.

—¿Y el resto?

—Firmé un convenio con el restaurante. Lo pagaré en seis meses.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—Que vieras que estoy resolviendo.

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