—Eso es lo que debiste hacer desde el principio.
Rodrigo miró la mesa.
—Mi mamá se pasó.
—Tu mamá hizo lo que tú le permitiste hacer durante años.
—Yo solo quería que estuviera feliz.
—¿Y yo?
Levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿En algún momento pensaste en lo que significaba ese ahorro para mí? ¿En las horas extra? ¿En los sábados que trabajé? ¿En las vacaciones que aplazamos porque decías que teníamos una meta?
No contestó.
—Mientras yo contaba pesos para construir algo contigo, tú planeabas cómo sacarlos sin que me diera cuenta.
—No lo veía así.
—Ese es el problema.
Después de un largo silencio dijo:
—Puedo cambiar. Dame una oportunidad.
Negué con la cabeza.
—Cambiar no es una moneda para comprar otra oportunidad. Hazlo porque lo necesitas, no para que yo me quede.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Yo no sentí triunfo.