Sentí tristeza.
Durante años había esperado que algún día me dijera: “Tienes razón, tenemos que poner límites”.
Ahora que por fin parecía entenderlo, ya era demasiado tarde.
Iniciamos el divorcio esa semana.
Y al revisar a fondo nuestras finanzas apareció algo que me dolió incluso más que la fiesta.
Había transferencias frecuentes de Rodrigo a Yolanda: cinco mil, ocho mil, doce mil pesos. Sumadas durante casi tres años superaban los ciento noventa mil.
Muchas habían salido de su nómina en meses en que él decía no poder aportar más a la casa.
No era un delito.
Pero explicaba nuestra vida entera.
Yo había financiado cada vez más los gastos de la pareja porque él financiaba la vida de su madre.
La hipoteca, el súper, el seguro del coche, las reparaciones y los servicios recaían cada vez más sobre mí mientras Rodrigo repetía que estaba “apretado”.