Cuando le mostré las hojas, se quedó mirando las cifras.
—No me di cuenta de que era tanto.
—Yo tampoco.
Esa fue una de las pocas verdades que compartimos al final.
Yolanda reaccionó al divorcio publicando indirectas en redes:
“Hay mujeres que valoran más el dinero que la familia.”
“Un hombre sin una esposa que lo apoye está mejor solo.”
Yo no contesté.
No necesitaba ganar una guerra en Facebook.
Necesitaba recuperar mi vida.
El restaurante recibió sus pagos. Rodrigo vendió la moto que adoraba, canceló viajes y tomó horas extra. Yolanda tuvo que desprenderse de varias joyas y canceló la idea de cambiar de coche.
No lavaron platos.
No terminaron en la cárcel.
La realidad fue menos cinematográfica y probablemente más dolorosa: pagaron durante meses una sola noche diseñada para aparentar una riqueza que no tenían.