Celebraron como millonarios con el dinero que yo había ahorrado durante cinco años, pero al llegar la cuenta de $286,400 todas las tarjetas fueron rechazadas. Mi esposo suplicó: “No me hagas esto delante de mi familia”. Yo cerré la última caja y contesté: “Sigan festejando, ahora les toca resolverlo”. Lo que ninguno sabía era que yo ya había encontrado pruebas de para qué querían sacar otros $300,000.

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Cada mensualidad era un recordatorio de aquella fiesta.

Yo dejé intacta la parte del ahorro que podía estar sujeta a discusión hasta que firmamos un convenio. Rodrigo recibió lo correspondiente a sus aportaciones comprobables después de conciliar otros gastos.

El resto se quedó conmigo.

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Ya no compré la casa en Querétaro.

Ese sueño pertenecía a una pareja que ya no existía.

En cambio, liquidé una parte importante de mi hipoteca, me fui unos días de vacaciones con Fernanda y abrí una cuenta de  inversión a la que nadie más tendría acceso.

Seis meses después del cumpleaños de Yolanda, el divorcio quedó concluido.

Rodrigo me escribió ese día:

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“Ya terminé de pagar el restaurante.”

Después llegó otro mensaje:

“Ahora entiendo por qué estabas tan enojada.”

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Le contesté una sola vez:

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