Cada mensualidad era un recordatorio de aquella fiesta.
Yo dejé intacta la parte del ahorro que podía estar sujeta a discusión hasta que firmamos un convenio. Rodrigo recibió lo correspondiente a sus aportaciones comprobables después de conciliar otros gastos.
El resto se quedó conmigo.
Ya no compré la casa en Querétaro.
Ese sueño pertenecía a una pareja que ya no existía.
En cambio, liquidé una parte importante de mi hipoteca, me fui unos días de vacaciones con Fernanda y abrí una cuenta de inversión a la que nadie más tendría acceso.
Seis meses después del cumpleaños de Yolanda, el divorcio quedó concluido.
Rodrigo me escribió ese día:
“Ya terminé de pagar el restaurante.”
Después llegó otro mensaje:
“Ahora entiendo por qué estabas tan enojada.”
Le contesté una sola vez: