—Nosotros —dijo Owen—. En la clase de la Roosevelt. Nadie nos dio permiso porque nadie más la hizo.
Elena sonrió apenas.
—Entonces vamos a demostrarlo con lo que ya existe. No inventen nada. No firmen nada. No expliquen de más.
En la oficina de Rebecca nos esperaban la profesora de ciencias y la secretaria de la Roosevelt, la señora Ruiz. La profesora trajo una carpeta con rúbricas, fotos de la feria interna del año anterior y un comentario escrito con tinta azul: Eli y Owen persisten. La señora Ruiz traía otra cosa. Traía vergüenza.
—Llegaron solicitudes de información —dijo—. Pedían boletines, dirección y constancia de proyectos. Venían con una carta firmada como si la madre autorizara. El nombre era el suyo, Claire.
Sentí que la silla se movía.
—Yo no escribí esa carta.
—Ahora lo creo —respondió la señora Ruiz—. En su momento comparé la firma con la de la ficha de ingreso