—Que venga —dijo Owen—. Esta vez la puerta es nuestra.
Preparamos té que tampoco bebimos. Elena fotografió cada hoja con el teléfono de Rebecca en una llamada abierta, para que la universidad viera el hallazgo en el mismo momento. La profesora, al otro lado, lloró una sola vez y dijo: guardad también la foto del laboratorio. Ya la teníamos.
El timbre sonó cerca de las diez.
Vanessa no venía sola. El abogado esperaba en el rellano. Ella miró nuestra cocina, la lámpara, el puño remendado de Owen sobre el respaldo de una silla, y arrugó la nariz como si la modestia fuera una ofensa.
—Mason, al coche.
—No —dijo él.
—Soy tu madre.
—Y yo tengo la carpeta —respondió—. Ya la vieron. Gritar no la devuelve al cajón.
El abogado habló hacia Daniel, no hacia el muchacho.
—Si este menor se queda aquí,