Mason miró la jarra de agua. No
mi clienta denunciará una retención. Le conviene no convertir una disputa de papeles en un escándalo nocturno.
Elena dio un paso.
—Nadie retiene a nadie. Mason llamó. Pidió que lo buscaran. Está en una casa con adultos, con la puerta abierta y con usted de testigo. Puede sentarse o puede irse. No va a llevarse estos documentos esta noche.
Vanessa miró a Daniel con la última versión de su voz de esposa.
—Si los dejas quedarse con eso, pierdes el puesto antes del desayuno. El inversionista ya redactó la nota. Yo puedo pararla. Tú solo tienes que decir que la firma es de Claire y que los niños exageran.
Daniel miró la lámpara. Miró a Eli. Miró a Owen. Miró a Mason, que temblaba y no se escondía.
—La firma que yo recuerdo no alcanza para robarles el trabajo —dijo—. Y un puesto que se paga con ese robo no lo quiero. Dile a tu inversionista que se busque otra idea. Esta tiene dueños. Están en esta cocina.