El apartamento se quedó sin aire. Yo pensé en la frase del reverso, en la mano que yo había sostenido, en las seis semanas que me faltaban. Tres años. Una bebé que ya no sería un bebé.
—¿Dónde está? —preguntó Dante.
—No lo supe a tiempo —dijo Rosa—. Lorenzo cambió dos expedientes aquella noche, no uno. El de la recién nacida y el de Olivia. Olivia había vuelto al hospital fuera de su turno. Buscaba el sobre, creo, o buscaba a Isabella. En el estacionamiento la atropelló un coche que no se detuvo. Despertó semanas después sin una parte de la memoria, y el archivo decía que era una empleada problemática, no una Moretti. A mí me ordenaron despedirla por pérdida de documentos. Lo hice. Fue la peor cobardía de mi vida.
Me llevé una mano a la boca. Recordé el despido como se recuerda una fiebre: la oficina de Rosa, mi credencial sobre la mesa, una acusación que yo no podía rebatir porque no podía recordar la semana anterior.