Rosa negó con la cabeza.
—Porque Isabella tampoco lo supo al entrar. Llegó huyendo, herida, con un embarazo que su familia no debía ver. Te pidió silencio porque cualquier nombre dicho en voz alta podía matarla. Después, cuando el perro no estaba y el dolor sí, empezó a mirarte de otra manera. No me lo contó todo. Me dijo solo que el animal la había seguido hasta el hospital una noche y se había quedado en la puerta de tu sala como si reconociera una sangre.
Dante levantó la carta que todavía temblaba entre sus dedos.
—Escribió que protegiera a la niña. Si Olivia es la hermana, ¿de qué niña habla?
Rosa se pasó la lengua por los labios.
—De su hija. Isabella dio a luz la noche en que murió. Una niña. Sana. Lloró una sola vez antes de que se la llevaran de la habitación. Isabella alcanzó a decirme el nombre que quería. Elena. Después pidió que nadie de la casa de Lorenzo la tocara.