Dante cerró los ojos.
—Mi madre nos dijo que la niña había muerto al nacer.
—Su madre lo creyó —respondió Rosa—. O la obligaron a creerlo. La niña salió viva. La apartaron de la cuna con otro nombre
y la entregaron a un circuito de cuidadores que Lorenzo pagaba. Yo no supe el resto hasta mucho después. Olivia creció lejos del apellido. Cuando volvió a mi hospital, ya era una auxiliar nocturna que se llamaba Marshall. No la reconocí. Habían pasado demasiados años y yo había aprendido a no mirar de frente a esa familia.
Orión apoyó otra vez la cabeza en mi vientre. El peso era caliente y terco. Dante lo vio y no se atrevió a acercar la mano.
—Hace cuatro años —seguí yo, porque el silencio me dolía más que hablar—, una mujer herida me pidió que guardara un papel. Usted dice que era Isabella. Si yo era su hermana, ¿por qué no me lo dijo?