—Va a seguir hasta que la niña esté a salvo —respondí.
—Entonces le guardo agua —dijo ella—. Y a ti te guardo el puesto. No me importa qué apellido te pusieron. Me importa que vuelvas a terminar el turno.
La abracé. Fue breve, porque Dante miraba la calle y la calle no estaba vacía. Un coche oscuro pasó dos veces. A la tercera, Mateo, que nos había seguido en un taxi por insistencia de Inés, no llegó a cruzar la acera. Dos hombres lo