—Ahora —aceptó Inés—. Antes de que Lorenzo piense en mostradores.
Clara estaba cerrando cuando llegamos. Al ver la camioneta y a los hombres, salió con el trapo todavía en la mano y con el miedo de quien ya había comparado papeles aquella mañana.
—Olivia, si vienes a despedirte, dímelo sin escolta.
—Vengo a pedirte que mires debajo de las servilletas —dije—. Y a pedirte perdón por no haber podido explicarte el desayuno.
Clara nos
dejó pasar. Apagó el letrero. Levantó el cajón de las servilletas con las dos manos. En el fondo, gris de polvo y pegada con cinta de embalaje, había una llave pequeña, hermana de la plateada que Lorenzo ya había vuelto inútil. La envolví en una servilleta limpia. Clara no preguntó de qué puerta era. Preguntó otra cosa.
—¿Ese perro va a seguir durmiendo en mi puerta?