Me tapé la boca. Clara. El mostrador. Las servilletas. Yo había limpiado ese hueco cien veces y nunca había levantado la cinta del fondo porque Clara decía que ahí se metían las cucarachas y no los secretos.
Isabella terminó con una frase que me clavó en la silla.
—Olivia, si alguna vez encuentras a mi hermano, dile que no todos los monstruos viven fuera de nuestra casa. Y dile que la niña se ríe cuando alguien le canta la canción de la lluvia. Mamá nos la cantaba. Cántasela tú, si yo no puedo.
El archivo murió ahí. Nadie habló. Orión había levantado la cabeza al oír el nombre de Isabella y ahora gemía contra mi rodilla, no de amenaza, de duelo. Dante se sentó por fin. Tenía los ojos rojos y no se los ocultó.
—Vamos al restaurante —dijo.