Y la directora susurró:
—Olivia, el nombre que aparece en su certificado de nacimiento no es el suyo.
Dante me miró horrorizado.
Entonces la mujer sacó una fotografía de una niña pequeña abrazada a un cachorro negro.
Era Orión.
Y la niña tenía mi rostro.
En el reverso aparecía una fecha de hacía veintidós años.
Debajo, una inscripción:
“Isabella y Olivia Moretti. Mis dos hijas”.
Dante dejó caer la fotografía.
—Eso significa…
La directora asintió lentamente.
—Olivia no es una desconocida, señor Moretti.
Miré a Dante, incapaz de respirar.
Y ella terminó la frase:
—Es su hermana menor. La misma que su familia declaró muerta hace veintidós años.
La fotografía quedó en el suelo, entre mis zapatos y las patas de Orión.
Nadie la recogió al principio. Dante tenía la espalda contra la pared de mi apartamento y la cara de un hombre al que le acaban de devolver un muerto. La directora lloraba sin limpiarse la cara. Yo no podía mirar la imagen el tiempo suficiente para aceptarla. Una niña. Un cachorro negro. Una letra antigua que nos ponía a Isabella y a mí en la misma frase, como hijas.