Daniel se volvió hacia su madre.
—Me mostraste una carta del hospital —dijo—. Me dijiste que Kesha había perdido el embarazo. Me dejaste vivir ocho años con esa frase. ¿También te la dictó él?
Margaret no respondió con una frase larga. Asintió una sola vez. El asentimiento le costó el equilibrio. Rebecca la sostuvo del codo y, con una delicadeza que no esperaba de una desconocida, la sentó en el sillón.
—Yo no voy a callar esto —dijo Rebecca—. Vine a esta casa a comprometerme. Me encontré con cuatro niños y con una caja fuerte. Daniel, la boda no existe. No porque ellos hayan entrado. Porque tú y tu madre llevaban meses, o años, sosteniendo una historia que no me contaron.
Cerró los dedos, aunque no había anillo en ellos. Daniel todavía tenía la caja de terciopelo en el bolsillo del uniforme. No la sacó.