—Se marcha —dijo Daniel—. Ahora. De esta casa. De esta Navidad. Si tiene algo que decir, lo dirá donde quede constancia, no junto a un árbol.
Vance lo miró como se mira a un oficial que por fin deja de ser el hijo de alguien.
—Tu padre quiso protegerlos y murió sin lograrlo del todo —dijo—. No cometas el mismo error creyendo que una carta basta.
Salió. No dio un portazo. Los hombres como él rara vez lo necesitan. Oí su voz en el vestíbulo, breve, despidiéndose de alguien como si la fiesta siguiera en pie. Después un motor arrancó en la avenida.
Rebecca fue la primera en moverse.—Voy a hablar con los invitados —dijo—. Les diré que no habrá anuncio. No daré detalles de los niños. Si quieren un escándalo, que lo busquen en otra parte.
Se fue con la espalda recta. Le agradecí en silencio aquella rectitud. No éramos amigas. Éramos dos mujeres a las que les habían recortado la misma historia.