Me arrodillé junto a Margaret, pero no le toqué la mano.
—Esta noche no le voy a pedir perdón a mis hijos en su nombre —dije—. Usted va a guardar lo que quede de la carta falsa y cualquier copia. Mañana las entregará. Si falta una página, lo sabré, porque durante ocho años guardé los recibos de lo que sí envié.
Margaret lloraba sin ruido.
—Yo creí que los protegía de un escándalo —susurró—. No sabía que los estaba borrando.
—Sí lo sabía —respondió Daniel—. Cada diciembre lo sabía. Y elegiste la carrera por encima de cuatro nombres.
No hubo más
discusión. El daño ya tenía forma. Discutirlo delante del sillón no lo iba a deshacer.
Guardé la carta del general en el interior de mi chaqueta. Daniel cerró la caja fuerte vacía. Cuando abrimos la puerta, el salón había cambiado de temperatura. La gente hablaba bajo. Rebecca estaba junto a la escalera, sin la copa, diciendo una frase corta que se repetía de grupo en grupo: la celebración había terminado. Algunos invitados nos miraron. Nadie se acercó a pedir una foto.