Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…

Margarita leyó el primero sin demasiado interés.

Con el segundo frunció el ceño.

Al llegar al tercero, se inclinó hacia adelante.

—¿De dónde consiguió esto?

—De los archivos administrativos que Héctor guardaba en casa. Conozco sus operaciones desde hace años.

—¿Usted entiende estos movimientos?

—Soy economista. Antes de casarme trabajé en análisis financiero.

La abogada pasó otra página.

—Aquí hay transferencias por catorce millones de pesos hacia una compañía relacionada con la hermana de Bernardo.

—Héctor no sabe que existen.

Margarita levantó lentamente la mirada.

—Entonces su contador también le está robando.

Asentí.

—Y tengo los documentos que permiten demostrarlo.

La abogada guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Qué desea realmente, Verónica?

—Divorciarme, recuperar lo que me corresponde y evitar que Héctor siga destruyendo mi vida.

Margarita examinó nuevamente los registros.

—Esto supera un divorcio. Hay indicios de posibles delitos fiscales, corrupción y lavado de dinero. Necesitamos proteger las pruebas y presentar todo ante las autoridades competentes.

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