Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…

Entonces recibió un correo de su asistente.

Era una copia de un documento que acabábamos de solicitar a través de un antiguo colaborador administrativo de la constructora.

Margarita lo abrió.

Su rostro cambió.

—Verónica, necesito que vea esto.

Me acercó la pantalla.

Era una autorización interna relacionada con pagos por veintisiete millones de pesos a tres proveedores sospechosos.

En el apartado de responsable administrativa aparecía mi nombre completo.

Debajo había una firma prácticamente idéntica a la mía.

Sentí un escalofrío.

—Yo nunca firmé eso.

Margarita revisó la fecha.

El documento había sido preparado tres días antes de que Héctor me expulsara.

Entonces comprendimos algo terrible.

Mi esposo no solamente estaba intentando quitarme todo.

Había comenzado a preparar las pruebas falsas necesarias para que, cuando descubrieran el fraude, la culpable fuera yo.

PARTE 3

La firma era falsa. Yo lo sabía. Pero saberlo no bastaba: había que demostrarlo antes de que Héctor utilizara aquel papel para convertirme en responsable de sus negocios.

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