—No lo llame —me advirtió Margarita cuando me vio buscar el celular—. Si descubre lo que sabemos, podría destruir los archivos originales. Primero vamos a resguardarlos y después actuaremos por las vías legales.
Volví a examinar la fecha. El supuesto documento se había firmado un jueves a las once de la mañana. Ese día yo estaba en Puebla, acompañando a mi madre durante una operación. Tenía los boletos del autobús, los recibos del hospital y una fotografía que mi hermana nos tomó en la sala de espera.
—¿Podemos probarlo? —pregunté.
—Podemos reunir evidencia, pedir una pericial de la firma y solicitar los registros originales. No voy a prometerle que será sencillo, pero tampoco está indefensa.
Esas últimas palabras casi me hicieron llorar. No porque la abogada me ofreciera una victoria, sino porque hacía años que nadie me hablaba como si mi versión mereciera ser escuchada.