El día que firmé el divorcio, mi esposo se rio y dijo: “Ahora tú pagarás la vida de mi amante y de nuestro hijo”. Me exigió la mansión, la camioneta y los 65 mil pesos mensuales para su madre. Acepté separarme sin discutir y llamé discretamente a mi abogado. Cuando regresó con su amante y el bebé, descubrió que no tenía llaves, dinero ni idea de los documentos que estaban por llegarle.

Rodrigo guardó silencio.

Después soltó una risa nerviosa.

—Está mintiendo para hacerme daño.

—Eso tendrás que resolverlo con ella.

Escuché cómo dejaba caer algo al suelo.

—Mariana… ¿qué hice?

Era la primera vez que no sonaba arrogante.

—Tiraste tu matrimonio por una vida que ni siquiera sabías si era real —respondí.

—Perdóname. Podemos comenzar otra vez. Voy a cambiar.

Cerré los ojos.

Cinco años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora sabía que aparecían solamente cuando su comodidad había desaparecido.

—No quiero volver contigo, Rodrigo.

Y terminé la llamada.

Pasaron varios meses.

El divorcio finalmente quedó resuelto. Como habíamos contraído matrimonio bajo separación de bienes y yo había fundado la empresa antes de casarnos, las acciones que eran de mi exclusiva propiedad continuaron siéndolo.

La casa y los vehículos corporativos tampoco formaban parte de nuestro patrimonio matrimonial.

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