La observé durante varios segundos.
Había participado en una traición cruel, pero también comprendí que ninguna cantidad de dinero justificaría convertir a un bebé en instrumento de una mentira.
—El niño no tiene la culpa de nada —le dije—. Pero tú y Rodrigo tienen que enfrentar la verdad. La paternidad no se decide con promesas ni con fotografías. Cuando nazca, deberán aclararla legalmente.
Daniela asintió.
Antes de marcharse entregó voluntariamente copias de conversaciones que mostraban que Rodrigo y Teresa conocían el origen de algunos documentos utilizados para pagar su departamento.
Aquellos mensajes ayudaron a mi abogado a completar el expediente.
Esa misma noche Rodrigo me llamó gritando.
—¡Le dijiste a Daniela que yo no tengo dinero!
—No tuve que decírselo. Lo descubrió sola.
—¡Arruinaste mi familia!
—Tú decidiste mentirle a ella y traicionarme a mí.
Entonces le comuniqué que Daniela había reconocido sus dudas sobre la paternidad.