Yo no celebré aquellas desgracias.
Había aprendido que la justicia no consistía en disfrutar el sufrimiento ajeno, sino en recuperar mi tranquilidad y permitir que cada persona respondiera por sus decisiones.
Sin embargo, faltaba una última sorpresa.
Dos semanas después de que concluyera nuestro divorcio, mi empresa anunció públicamente la venta de una participación mayoritaria a un importante grupo tecnológico mexicano.
La operación estaba valuada en ciento ochenta millones de pesos.
Habíamos negociado durante casi un año.
Era el contrato que me había obligado a trabajar tantas noches, el mismo trabajo por el que Rodrigo me había llamado fría, egoísta e incapaz de formar una familia.
Una mañana, mientras revisaba los planes de expansión, recibí una llamada desde un número desconocido.
Era Rodrigo.
—Mariana… vi las noticias. ¿Es verdad que vendiste parte de tu empresa por ciento ochenta millones?