El día que firmé el divorcio, mi esposo se rio y dijo: “Ahora tú pagarás la vida de mi amante y de nuestro hijo”. Me exigió la mansión, la camioneta y los 65 mil pesos mensuales para su madre. Acepté separarme sin discutir y llamé discretamente a mi abogado. Cuando regresó con su amante y el bebé, descubrió que no tenía llaves, dinero ni idea de los documentos que estaban por llegarle.

—Sí. Cerramos la operación esta semana.

Escuché una respiración entrecortada.

—Entonces… si hubiéramos seguido casados…

Comprendí lo que estaba pensando.

—Las acciones eran mías desde antes del matrimonio y nuestro régimen era de separación de bienes, Rodrigo. Pero si hubiéramos seguido juntos, habría compartido contigo la tranquilidad y las oportunidades que ese éxito nos ofrecía.

Comenzó a llorar.

—Soy un idiota. Tú estabas construyendo nuestro futuro y yo pensaba que solamente te importaba el trabajo.

—Eso intenté explicarte durante cinco años.

—Podríamos tener todo eso juntos.

Miré por la ventana.

Recordé las cenas en las que comí sola, sus insultos y la noche en que me ordenó abandonar la casa que yo había sostenido.

—Pudimos tener una vida muy buena, Rodrigo. No porque fueras rico o pobre, sino porque yo quería compartir lo mío contigo. Pero tú confundiste compartir con tener derecho a quitarme todo.

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