—¿No puedes darme otra oportunidad?
—No.
Hubo un largo silencio.
—¿Ni siquiera un poco de ayuda?
Aquella pregunta terminó de convencerme de que no había cambiado tanto como decía.
—Te deseo que encuentres trabajo estable y puedas reconstruir tu vida. Pero no volveré a mantenerte.
Colgué sin sentir odio.
Por primera vez, tampoco sentí culpa.
Seis meses después me mudé a un departamento luminoso con vistas a Guadalajara.
Con parte de los recursos obtenidos creé un programa para apoyar a mujeres que deseaban iniciar pequeños negocios y amplié las prestaciones para las madres y padres que trabajaban en nuestra empresa.
Un viernes, Sofía entró en mi oficina con las fotografías de la inauguración del nuevo espacio infantil para los hijos de nuestros empleados.
En una imagen aparecía una madre abrazando a su hija antes de comenzar su jornada.
—Mira lo que conseguimos, Mariana —me dijo sonriendo.