El mejor amigo de mi hijo llegó a su funeral vestido de rojo y mi esposo quiso echarlo. Una carta escrita por Jack nos reveló la promesa que ninguno de nosotros conocía.

Era una hoja ordinaria. No tenía nada de solemne.

Y quizá por eso me dolió más.

Mi hijo había escrito aquella despedida sentado en una cama de hospital, sabiendo algo que nosotros todavía nos negábamos a aceptar.

—Es su letra —dije.

Daniel asintió.

Mi hermana Irene bajó los ojos. Alguien detrás de nosotros empezó a llorar abiertamente.

Yo levanté la vista hacia Theo.

Seguía de pie frente a nosotros, con los brazos pegados al cuerpo y el vestido rojo arrugado alrededor de las rodillas.

Hasta entonces yo había mirado solamente la ropa.

Ahora vi al muchacho que llevaba meses sufriendo por la pérdida de su mejor amigo y que, además, había tenido que entrar solo a una habitación llena de adultos que lo estaban juzgando.

Sentí una punzada de vergüenza.

—Theo, ven —le dije.

Se acercó con la mirada baja.

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