—Perdóname —alcancé a decir—. Cuando entraste, pensé cosas de ti que no debí pensar.
El muchacho negó con la cabeza.
—Señora Elena, yo sabía que iba a parecer raro.
—Eso no cambia nada. Debí preguntarte antes de juzgarte.
Sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas.
Daniel seguía mirando el papel.
Por fin levantó la cara.
—Yo me iba a parar para sacarte de aquí.
Theo tragó saliva.
—Lo sé, señor. Lo vi.
Mi esposo cerró los ojos unos segundos.
—Te vi entrar y pensé que estabas haciendo una burla. Estaba enojado contigo porque no entendía nada. Y la verdad es que tampoco he entendido mucho de lo que nos ha pasado estos meses.
Nunca había escuchado a Daniel hablar así delante de otras personas.
Mi esposo era un hombre reservado. Durante la enfermedad se encargó de organizar pagos, traslados, medicinas y documentos. Se empeñaba en resolver problemas porque no podía resolver el único que de verdad le importaba.