Me cubrí la boca con la mano.
Efectivamente, yo lloraba a escondidas.
Me encerraba en el baño de la casa o caminaba hasta la cocina para abrir la llave del agua y que Jack no escuchara mis sollozos. Creía que si me veía tranquila podría dormir mejor, comer un poco más, resistir otro tratamiento.
Nunca imaginé que él sabía exactamente lo que estaba pasando.
—Le pregunté qué quería que hiciera —dijo Theo—. Primero me respondió que nada. Después me señaló y dijo: «Pero si llega ese día, me tienes que prometer algo».
Theo hizo una pausa larga.
—Me pidió que viniera a despedirlo usando un vestido rojo. Uno que nadie pudiera ignorar.
Un murmullo recorrió las bancas.
Mi hermana Irene soltó una exclamación apenas audible.
Theo asintió, como si hubiera esperado aquella reacción.
—Yo también pensé que estaba bromeando. Le dije que su papá me iba a echar de la funeraria. Jack se rio tanto que tuvo que parar para recuperar el aire. Cuando se tranquilizó, me contestó: «Pues le explicas que fui yo el que te mandó vestido así».