No era una frase de niño.
Era una misión.
Y él nos la había dejado en las manos.
Al día siguiente, durante el descanso, saqué un cuaderno viejo de la guantera del camión.
En la primera página escribí:
Turnos para acompañar a Isabel y visitar a Capitán.
Lo dejé sobre la mesa del vestuario sin hacer discurso.
Al cabo de una hora ya había seis nombres.
Al final del día, casi todos los compañeros habían apuntado algún sábado, algún miércoles por la tarde o algún día libre.
Hasta Manolo, que siempre decía que bastante tenía con sus propios problemas, escribió su nombre con letra enorme.
—Yo no sé consolar a nadie —dijo—. Pero conduzco bien.
Y eso, en aquel momento, era suficiente.
Durante los meses siguientes, aquella pequeña lista se convirtió en algo normal.